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viernes, junio 18, 2021
Luz
martes, junio 01, 2021
LO QUE NO CABE EN LA MOCHILA
Tiempos de pandemia:
A veces...
Regresamos una y otra vez a aquellos lugares que nos educaron sin darnos cuenta.
"Para educar a un niño se necesita una aldea"
Proverbio africano
LO QUE NO CABE EN LA MOCHILA.
Lo que uno lleva consigo no cabe en una mochila.
Recién despierto; mientras preparaba muy temprano mi café y alimentaba mi espíritu con la vista de las nubes y las montañas vecinas, escuché una bocina de un camión pasando por la ruta 126, posiblemente con su carga del Caribe con rumbo al centro del país. Un sonido lejano que vino atravesando los campos y trajo a la memoria el sonido del tren que hacía vibrar las ventanas de las casas cercanas a la Estación situada en los barrios del sur de la provincia de Heredia. Recuerdos de mi niñez que han viajado al norte y nutren el verde presente de mi retiro.
El tren llegaba a la Estación de Heredia, dos o tres veces al día y era parte de nuestras vidas tiernas llenas de aventuras e imágenes de colores que contrastan hoy con el triste color gris de la edificación de esa eterna Estación. Colores, olores y sonidos. Traía carga del Caribe, sobresalía el banano y el plátano que luego iríamos a comprar a buen precio al edificio gris de un piso amarillo siempre brillante, especial para resbalar en medias, anchos y espaciosos corredores especiales para jugar con los amigos en las tardes de invierno, esperando que dejara de llover. Pero los vagones también venían llenos de alegría, sal, brisa marina y el ritmo de las palmeras caribeñas. Luego el tren seguía su rumbo hacia el oeste, hacia Alajuela y posiblemente más allá, adonde solo llegaba nuestra imaginación frente al Cuaderno de Vida en la clase de la niña Norma en nuestra añorada Escuela República Argentina. El tren por las tardes regresaba del oeste infinito. Mucha vida recorría de ida y vuelta. Así se marcaba el tiempo en nuestra infancia herediana. Así transcurría la vida a los lados de la línea férrea en casitas humildes amarillas con café y verdes con rojo, habitadas por familias heredianas llenas de historias y sueños, emisoras de radio y alguna que otra televisión en blanco y negro, que por las tardes también los niños del barrio visitábamos para ver las series de la Flecha Rota y Rin Tin Tin. A veces, pagábamos 10 o 15 céntimos con derecho a un bollito de pan añejo.
El barrio de la Estación limitaba al Sur con el Guayabal y el Barrio de los Ñatos, al Este con el Barrio Chino y al Norte con el Mercado Central y la Escuela Braulio Morales. Al Oeste el Barrio de Los Ángeles y su famosa Plaza Flores. Los barrios del sur eran lugares de convivencia, de intercambio social y comercial, donde la niñez aprendía lo que la escuela no enseñaba y aún tampoco lo hace. Los niños jugábamos y crecíamos seguros porque toda la comunidad nos cuidaba y protegía. No teníamos miedo y nuestras familias tampoco. Felices porque el ritmo y canciones del Caribe viajaban en tren llenando de movimiento y sentimiento la niñez bulliciosa y traviesa.
En las esquinas del barrio se encontraban las famosas pulperías y algunas incluían la cantina. En la esquina Oeste de la Estación se ubicaba la pulpería, prácticamente un abastecedor, al que llamábamos "Graciano" y en la esquina este se encontraban tres pulperías con su respectiva cantina; entre ellas El Danubio, atendidas por don "Chilo", sus hijos y su esposa, la querida "doña Monchita" nadie como ella con su amor y cariño para prepararnos jalea en mitades de naranja, manjar delicioso que nunca más he encontrado en ningún lado. Al frente del Danubio teníamos el negocio de don Lepoldo, negocio inmenso a nuestros ojos, pintado de un color amarillo, lleno de luz y aromas a pan fresco y café molido
En estas pulperías se encontraba lo que se necesitaba, al punto de que caminar 100 metros para llegar al mercado o a la panadería Cartaginesa, eran lujos de fin de semana. Era usual el uso de la libreta para comprar a crédito. Las deudas se pagaban al final de la quincena o a fin de mes. Alguna que otra no se pagaba nunca pero no pasaba nada. Digamos que existían también las ayudas solidarias.
Así se movía la vida alrededor de la Estación del tren. Cuando su bocina despertaba la adormecida comunidad herediana, todos nos disponíamos a llenar la vida con los ritmos del Caribe con olor a Bananos frescos, a plátanos maduros para olvidarnos de preocupaciones y pálidas tristezas propias de los meseteños del centro del país.
Estación del tren, Heredia Centro. (Junio,2021)
Luz
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